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#127 Mayo 2026

La estructura como flexibilidad inicial

Anticipar la posibilidad de cambios futuros evita renovaciones costosas y preserva el valor del activo en el tiempo.

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La estructura es el elemento que le otorga soporte físico y estabilidad al edificio, permitiendo que se mantenga en pie y resista fuerzas externas como el viento, los sismos o la nieve, así como el peso de los ocupantes, el mobiliario, los equipos y otros elementos no permanentes que dependen del uso que se le dé al espacio. Sin una estructura adecuada, el resto de los componentes colapsaría.

Pero, la estructura no es un elemento pasivo: condiciona la forma, la flexibilidad y la funcionalidad del edificio, pudiendo limitar o potenciar el diseño arquitectónico y, con ello, la forma de habitar el espacio. La modulación, la geometría y la disposición de las columnas determinarán qué tan fácilmente pueden adaptarse los espacios a los usos requeridos y habilitan una gran variedad de transformaciones a lo largo del tiempo, extendiendo el valor y la vida útil del activo. En este sentido, la estructura no solo define el edificio actual, sino también el conjunto de configuraciones que puede llegar a admitir.

Dado que el costo y el riesgo de modificarla son muy altos, en la práctica la estructura define en gran medida el rendimiento que tendrá una construcción. Un diseño preciso, que tenga en cuenta estas variables, le permitirá no solo adecuarse a cambios funcionales, ambientales y tecnológicos a lo largo de su ciclo de vida, sino también anticipar escenarios futuros sin perder eficiencia ni comprometer su integridad. Este enfoque transforma la edificación de un objeto estático en un sistema dinámico capaz de evolucionar según las necesidades de sus ocupantes y del negocio, manteniendo su capacidad de adaptación.

Uno de los mayores beneficios de pensar la estructura con el foco puesto en la flexibilidad es la prevención de la obsolescencia. Esto permite reconfigurar los espacios internos y actualizar los sistemas técnicos de manera sencilla, incluso para destinarlos a otros usos. Al anticipar la posibilidad de cambios futuros, se evitan renovaciones costosas y disruptivas, y se preserva el valor del activo en el tiempo.

El rendimiento de la planta

El diseño de la estructura define los límites físicos de lo que se puede hacer dentro del edificio. El rendimiento y la flexibilidad de una planta –entendidos como la capacidad de utilizar eficientemente los metros cuadrados disponibles para las actividades laborales, combinando aspectos espaciales, energéticos y de productividad– dependerá en gran medida de la geometría, la ubicación y la densidad de las columnas, la altura de los entrepisos, la posición del núcleo de circulación vertical y la modulación de sus componentes. Un buen diseño estructural debe armonizar estas variables para garantizar un buen rendimiento, calidad espacial y eficiencia operativa. En conjunto, estos factores resultan determinantes en la rentabilidad por m².

Modulación de columnas y elementos estructurales. Es una estrategia fundamental para garantizar la adaptabilidad y el rendimiento técnico de un edificio a lo largo de su vida útil. Este enfoque consiste en organizar los componentes de soporte con un criterio de repetición, estandarización y geometría regular que facilita la construcción y las reconfiguraciones futuras, reduciendo fricciones en cada transformación.

Aunque la planta ideal del edificio de oficinas no tiene columnas, esto no siempre es posible ya que puede requerir una enorme complejidad en el sistema estructural y un costo elevado. Dado que la distancia entre columnas determina la apertura del espacio, cuanto más amplias sean las luces, mayor será la variedad de configuraciones espaciales y cambios de uso posibles, aunque esta estrategia requiere una mayor inversión inicial. No obstante, existe un punto de rendimiento decreciente en el que aumentar la distancia no mejora proporcionalmente la adaptabilidad, pero sí eleva drásticamente los costos. Diseñar la estructura implica, entonces, encontrar un equilibrio entre flexibilidad y eficiencia económica.

Núcleos de circulación. La ubicación estratégica del núcleo de circulación vertical permitirá la subdivisión de la planta sin necesidad de reformas estructurales, habilitando distintos escenarios de ocupación a lo largo del tiempo. La distancia entre el núcleo y el muro exterior es otro factor que incide directamente en el desempeño del layout. Cuando esta distancia crece excesivamente, las áreas más alejadas del perímetro pierden acceso a los beneficios de la iluminación y la ventilación naturales. Como consecuencia, aumenta el requerimiento energético para proveer climatización e iluminación artificial, junto con los costos operativos. La posición del núcleo, por lo tanto, no solo organiza la circulación, sino que condiciona la calidad ambiental y la eficiencia del espacio.

Geometría. Es un factor determinante en la flexibilidad, adaptabilidad y rendimiento de un edificio de oficinas, ya que define la capacidad física del espacio para reconfigurarse ante cambios futuros. La morfología puede afectar tanto el rendimiento como la eficiencia de un proyecto.

En este sentido, la relación entre la superficie útil y el perímetro es muy clara. Los edificios con plantas compactas y muy profundas presentan algunas ventajas frente a aquellos con plantas alargadas: debido a su menor relación entre perímetro y superficie, tienen un mejor desempeño térmico y mayor eficiencia energética. Una geometría circular sería la que idealmente ofrece mejor relación perímetro/superficie, pero a medida que la planta se alarga, esta relación se vuelve menos eficiente. Sin embargo, al contar con menor perímetro de aventanamiento, la planta compacta ofrece menos oportunidades para aprovechar la iluminación natural. En regiones donde el costo de la energía es elevado, la ventilación y la iluminación naturales son un requerimiento fundamental, lo que obliga a reconsiderar estas decisiones. No existen, por lo tanto, geometrías óptimas en términos absolutos, sino equilibrios entre distintas variables.

Altura de entrepisos. El diseño estructural define la altura libre disponible. Cuanto mayor es esta altura, más se facilitan la ventilación natural, la iluminación y la incorporación o actualización de sistemas técnicos durante las renovaciones. También se considera una estrategia de resiliencia ya que ayuda a mantener las condiciones de habitabilidad ante fallos de los sistemas mecánicos. Sin embargo, si existe un límite legal para la altura total del edificio, aumentar la altura de los entrepisos puede reducir el número total de plantas, disminuyendo el área alquilable y afectando el retorno de la inversión. Una vez más, se trata de llegar a una decisión de equilibrio.

En resumen, el diseño de la estructura es el factor determinante en el rendimiento de la planta; una estructura rígida condena al edificio a una rápida obsolescencia, mientras que una más flexible multiplica su rendimiento en todas sus dimensiones, manteniendo su vigencia a lo largo del tiempo. Así, la estructura deja de ser solo un soporte para convertirse en un sistema capaz de evolucionar junto con el mercado y las organizaciones que alberga. Esta idea encuentra una de sus expresiones más emblemáticas en un caso concreto: el Building 20.

Las lecciones del Building 20

El Building 20 se construyó en 1943 como una respuesta de emergencia a las necesidades de la Segunda Guerra Mundial: el Massachusetts Institute of Technology (MIT) necesitaba un espacio donde albergar al Laboratorio de Radiación dedicado al desarrollo de la tecnología del radar. La construcción, de tres pisos y ubicada en los terrenos del MIT, era de madera contrachapada y no resistía la aprobación de ninguna de las reglamentaciones vigentes. Pero, dadas las circunstancias, se puso en funcionamiento con el compromiso de que sería demolida apenas terminara la guerra. Ni siquiera le dieron un nombre, se la llamó simplemente Building 20.

A pesar de su apariencia precaria, se dotó a la estructura de una capacidad portante inusualmente alta, preparada para soportar cargas pesadas de maquinaria científica de hasta 700 kg/m². Esta decisión permitió que una edificación destinada a desaparecer solo seis meses después del fin de la guerra sobreviviera finalmente durante cincuenta y cinco años.

En 1945, cuando concluyó la Segunda Guerra Mundial, el MIT se vio desbordado de aspirantes que necesitaban un espacio para desarrollar sus tareas. Entonces, el precario edificio –que ya había sido desocupado y estaba a punto de demolerse– volvió a ponerse en funcionamiento, esta vez para albergar a una multitud de científicos e investigadores que, en los años siguientes, realizarían enormes avances en distintas ramas de la ciencia.

Dentro de esa cáscara indiferenciada, cada grupo adaptaba su espacio de trabajo de acuerdo con las necesidades específicas de su tarea. Esta flexibilidad se traducía en la total libertad para intervenir en su entorno físico: se quitaban muebles, se tendían cables y se demolían tabiques y entrepisos sin consultar a nadie. Las instalaciones técnicas, que corrían a la vista por los techos, facilitaban esta manipulación y actualización constante, convirtiendo al edificio en una arquitectura editable donde el espacio se reconfiguraba de manera continua.

Este ambiente fomentó exponencialmente la capacidad de innovación, lo que resultó en el trabajo de nueve premios Nobel y en el surgimiento de disciplinas como la lingüística moderna impulsada por Noam Chomsky, la tecnología de altavoces de Amar Bose y la construcción del primer reloj atómico.

Esta formidable incubadora de ideas fue finalmente demolida en 1998. El Building 20 demostró que una estructura abierta, sobredimensionada en su capacidad portante y deliberadamente inacabada es capaz de asimilar la incertidumbre y el cambio a lo largo del tiempo, prolongando su vida útil mucho más allá de su especificación original. Al habilitar intervenciones constantes, sin fricciones ni rigideces, el edificio dejó de ser un objeto terminado para convertirse en un sistema en permanente actualización. Su legado funciona como un laboratorio a escala real sobre cómo la flexibilidad estructural no solo permite que los edificios se adapten, sino que también aprendan de sus ocupantes y evolucionen con ellos.


Referencias:

ASKAR, R. et al. (2021): “Adaptability of buildings: A critical review on the concept evolution”.

FOX, K. (2026): “The Magic Incubator: MIT Building 20 (1943-1998)”. The Cambridge Historical Commission Blog.

KRÖHNERT, H. et al. (2022): “Comparing flexible and conventional monolithic building design: Life cycle environmental impact and potential for material circulation”.

LATIF, A. A., & SHAHIN, B. R. (2023): “Structural flexibility and its impact on contemporary architecture”.

WATT, H. et al. (2023): “What should an adaptable building look like?”


La envolvente, ese límite que separa el espacio interior del medio exterior, desempeña un rol decisivo en el comportamiento del Read more

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