El rol del Facility Manager como actor estratégico de la resiliencia organizacional y la continuidad operativa.
Una publicación de Contract Workplaces
La continuidad operativa es un procedimiento necesario para asegurar que la organización pueda seguir funcionando y brindando sus servicios incluso frente a una interrupción o crisis. Su objetivo principal es proteger los procesos críticos mediante el desarrollo de sistemas de prevención, mitigación y recuperación. Se trata de un plan estratégico orientado a minimizar el tiempo de inactividad y el impacto tanto en clientes y colaboradores como en la reputación de la marca y la sostenibilidad del negocio a largo plazo. En un contexto donde la estabilidad ya no puede darse por sentada, esta práctica cobra especial relevancia.
En el ecosistema global actual, la seguridad operativa ha dejado de ser una respuesta a incidentes aislados para transformarse en una estrategia de supervivencia. Hoy nos enfrentamos a un entorno de riesgo y volatilidad permanente donde la protección física ya no es suficiente. En América Latina, esta realidad se manifiesta en la creciente frecuencia de eventos climáticos extremos, crisis económicas recurrentes e infraestructuras sobreexigidas.
Todas las organizaciones funcionan dentro de redes interconectadas en las que los activos físicos, la tecnología, la logística, la información y el capital humano forman parte de un complejo entramado en el que cualquier turbulencia puede amplificarse y adquirir dimensiones inesperadas.
En este complejo escenario, el rol del Facility Manager (FM) ha dejado de ser un simple soporte técnico para convertirse en un actor estratégico en la construcción de la resiliencia organizacional y la continuidad operativa. Su labor ya no se limita a mantener el edificio en funcionamiento; también debe garantizar que la infraestructura física y tecnológica pueda adaptarse a escenarios imprevistos, proteger la seguridad de las personas y coordinar una respuesta frente a una crisis.
Para gestionar esta creciente complejidad, las organizaciones deben dejar atrás los modelos reactivos para adoptar un enfoque de seguridad integrado y proactivo.
La seguridad, tradicionalmente entendida como la protección de los activos contra amenazas previsibles, ha mutado hacia una naturaleza sistémica. En este nuevo paradigma, una falla en un elemento aparentemente periférico puede desencadenar una cascada de eventos capaces de comprometer la estabilidad de la organización en su conjunto.
Los modelos de seguridad del siglo XX han quedado superados por la interdependencia contemporánea. La noción habitual de resiliencia –entendida como el simple “retorno al equilibrio” tras una perturbación– hoy resulta insuficiente. En un entorno donde las crisis pueden prolongarse o transformarse, regresar al estado anterior puede ser riesgoso: implica volver a una condición ya vulnerable. Las organizaciones que esperan a que pasen las turbulencias para reactivarse, están diseñando su propia obsolescencia.
La noción de seguridad actual requiere un enfoque sistémico basado en la anticipación, ya que el entorno en el que operan las organizaciones está definido por una convergencia de fuerzas que interactúan en red. Un evento local y aparentemente trivial puede disparar fallas encadenadas: desde la interrupción del suministro energético y la contaminación del agua hasta el colapso de cadenas logísticas o impactos financieros derivados de daños en infraestructuras globales.
Entre los eventos que pueden desencadenar interrupciones operativas se encuentran:
En este marco, la seguridad deja de ser un estado estático para convertirse en una dinámica permanente de vigilancia, ajuste y aprendizaje. Esta transformación obliga también a revisar la manera en la que el FM aborda la resiliencia organizacional.
En 2012, el ensayista y matemático Nassim Nicholas Taleb introdujo la noción de “antifragilidad” para explicar por qué el concepto clásico de resiliencia puede resultar insuficiente. Lo resiliente resiste el choque para volver a su estado original; lo antifrágil, en cambio, mejora gracias al desorden y al estrés, utilizando los errores como información para fortalecerse.
La antifragilidad requiere asumir la volatilidad como un parámetro de diseño operativo, reconociendo que los sistemas interconectados son tan fuertes como su elemento más débil. En lugar de intentar predecir cada evento improbable, este enfoque se orienta a identificar fragilidades estructurales y reducir la exposición a fallas catastróficas. La clave es la reducción deliberada de vulnerabilidades. Esto implica favorecer la descentralización y la preferencia por las unidades pequeñas sobre los sistemas masivos, ya que así se evita que un fallo local se propague sin control.
En el ámbito del Facility Management, esta perspectiva puede traducirse en acciones concretas para transformar las crisis en una oportunidad de mejora incorporando redundancias, diversificando proveedores, favoreciendo configuraciones modulares, o implementando un mantenimiento predictivo basado en datos.
En este nuevo paradigma, la resiliencia es el elemento que conecta la infraestructura, los procesos y las personas para garantizar la continuidad en medio del caos climático, tecnológico y económico. Así, el FM deja de ser un gestor de metros cuadrados para convertirse en el garante de la continuidad operativa y la resiliencia de toda la cadena de valor.
Aplicar el concepto de resiliencia sistémica a la continuidad operativa requiere un cambio de perspectiva: pasar de la mera protección contra riesgos conocidos a la construcción de capacidades que permitan fortalecerse ante el desorden y lo imprevisto. En este marco, tanto edificios como personas dejan de ser elementos aislados para convertirse en componentes interdependientes de un sistema complejo que abarca las siguientes áreas de acción:
En un mundo atravesado por las disrupciones permanentes, la función del FM es asegurar y proteger las instalaciones, las personas y los procesos para que la organización pueda seguir funcionando aun en contextos de alta inestabilidad, y así preservar su ventaja competitiva.
Mantener la confiabilidad y la flexibilidad operativa, junto con una cultura que transforme el estrés en aprendizaje, es hoy una condición necesaria para navegar la incertidumbre. La resiliencia ha dejado de ser una idea abstracta para ser algo que se hace todos los días, en cada decisión y en cada espacio de trabajo.
Referencias:
ANDERSON (2026): “The role of facilities management in business continuity planning”.
HERBANE, B. (2010): “The evolution of business continuity management: A historical review of practices and drivers”.
OFICINA DE LAS NACIONES UNIDAS PARA LA REDUCCIÓN DEL RIESGO DE DESASTRES (UNDRR)(2025): “Informe de evaluación global sobre la reducción del riesgo de desastres de 2025: La resiliencia da sus frutos: Financiación e inversión para nuestro futuro”.
TALEB, N. N. (2012): “Antifrágil: Las cosas que se benefician del desorden”.
WEIKERT BICALHO, F. (2020): “La resiliencia de los servicios de infraestructura en América Latina y el Caribe: un abordaje inicial.” Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).
WORLD ECONOMIC FORUM (2026): “The Global Risks Report 2026”.
XIE, W. (2025): “JLL state of facilities management report 2025: Future-proof facilities management as a core engine for competitive advantage”.
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